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La limpieza facial que realmente transforma tu piel

La limpieza facial no es simplemente el primer paso de la rutina: es el cimiento sobre el que se construye todo lo demás. Si la piel no está limpia, ningún sérum ni crema funcionará como debería. Durante el día acumulamos sudor, grasa, restos de maquillaje, protector solar y partículas contaminantes que no siempre se eliminan con un simple aclarado.

Para elegir el limpiador adecuado, es fundamental conocer tu tipo de piel. Las pieles grasas suelen agradecer geles ligeros que regulen el sebo, mientras que las secas o sensibles funcionan mejor con texturas cremosas o bálsamos que no arrastren la hidratación natural. La doble limpieza, que consiste en usar primero un producto oleoso y después uno acuoso, es especialmente útil si utilizas maquillaje o protector solar a diario.

Un detalle importante: el agua demasiado caliente puede alterar la barrera cutánea y provocar sequedad. Lo ideal es usar agua templada y secar el rostro con una toalla limpia, a pequeños toques.

Una buena limpieza no se nota en un día, pero sí en semanas. La piel se ve más luminosa, más uniforme y más receptiva a los tratamientos posteriores.

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